espaliaswing/ marzo 24, 2018/ Sin categoría/ 0 comments

Siempre me sentí atraída por la política. Desde mi punto de vista la persona que se dedica a la política, debería tener la obligación de velar porque los principios fundamentales de la Constitución se cumplan y defender el bien común.

Desde un cargo público se puede hacer un gran trabajo y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos en todos los aspectos en los que tienen capacidad decisoria. Independientemente de las siglas que represente, lo realmente importante es que un político debe trabajar para la sociedad que lo eligió; que es lo que parece ser que muchas veces olvidan.

De las primeras elecciones democráticas, tres hechos llamaron mi atención, el primero la frase “Voy a votar a Suarez porque es el más guapo”; mi padre dándole a mi madre el sobre con lo que tenía que votar y la visita de Blas Piñar a Las Palmas. Mi madre me llevó al mitin, y en la calle de Triana se montó una  pelea entre los partidarios de Fuerza Nueva y sus detractores. Todavía está entre las cosas de mis padres la foto dedicada a mi madre por Blas Piñar.

Desde el referéndum sobre la Constitución iba con mi padre a votar, me gustaba acompañarlo cuando era pequeña, entendía que aquello era algo importante; cuando me fui haciendo mayor comprendí por qué es importante ejercer nuestro derecho de elegir a los gobernantes y sobre todo me di cuenta de que sentía que era algo importante por lo que hicieron todos los que participaron en la transición y porque significa un ejercicio de libertad.

Las primeras elecciones en las que tuve derecho al voto fueron las europeas de 1989, cuando se presentó Ruiz Mateos, lo recuerdo porque poco antes había sido todo el escándalo de la expropiación de Rumasa. Mi padre me dio el sobre con mi voto, ni te imaginas la que se lió cuando le dije que el voto era personal, libre y secreto y que yo ya tenía decidido a quién iba a votar.

Desde los 14 años veía los debates sobre el Estado de la Nación. Me encantaban, cosa poco normal para una niña de mi edad, sobre todo porque cada uno defendía unas ideas y una forma de gobernar de acuerdo a su ideología, podías estar o no de acuerdo con lo que decían, pero era innegable que cada uno utilizaba argumentos sólidos para defender su postura. Por desgracia, hoy en día no ocurre lo mismo.

Por supuesto que con esa edad, me había leído la Constitución. Como  norma suprema del ordenamiento jurídico español, todos deberíamos leerla y conocerla bien porque en ella se recogen todos los aspectos fundamentales del Estado a todos los niveles.

En ella se proclama que España es un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores del ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Se establece la monarquía parlamentaria como forma de gobierno y se establece el principio de soberanía popular.

Quedan reflejados nuestros derechos y deberes fundamentales, los principios rectores de la política social y económica, se habla de la organización territorial del Estado, del Gobierno y la Administración, de la Corona y las Cortes Generales y del poder judicial, defendiendo la división de poderes entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y por supuesto, recoge los  aspectos  referentes a Economía y Hacienda, el Tribunal Constitucional y la reforma de la propia Constitución.

Después de leerla me consideré afortunada porque tenía la libertad de  elegir a los que me gobernaban, pero no sólo eso se recogen dos herramientas fundamentales que garantizan la fiscalización de la acción del gobierno, la moción de censura y la cuestión de confianza.

También porque los derechos y deberes fundamentales  están absolutamente claros y conociéndolos es como puedes saber si están siendo vulnerados o ejercerlos.

En cuanto a la figura de la Corona, si bien es cierto que en el momento de la transición fue fundamental, por la evolución de la sociedad española parece avocada a desaparecer; sobre todo porque las nuevas generaciones no creen que tenga sentido que exista. En cualquier caso, las experiencias en la Historia de España con respecto a la República, no han sido precisamente positivas.

En referencia a la división de los tres poderes, aunque en teoría son independientes, el hecho es que desgraciadamente el Poder Judicial, se ve salpicado por la influencia del Poder Político.

Por suerte, toda la legislación tiene que respetar y acatar la Constitución y para velar porque esto ocurra, existe el Tribunal Constitucional. Además, la reforma constitucional de determinados Títulos debe contar con la aprobación de los ciudadanos mediante referéndum.

Con 16 me había leído también “El Príncipe” de Maquiavelo, “La Iliada” y  “La Odisea” de Homero. Y con 17, “El manifiesto comunista” de Marx, “Utopía” de Tomás Moro y por supuesto libros de Historia, porque de todos es sabido que un Pueblo que olvida su Historia está irremediablemente condenado a repetirla. De estos libros saqué mis  propias conclusiones y formé mi ideología política.

La cuestión que se me plantea es por qué viviendo en la sociedad de la comunicación, es muy poco el porcentaje de españoles que se han leído la Constitución, por ejemplo. Y lo que más me sorprende es que personas a las que se les presupone cultura y educación repiten como loros los slogan de partidos políticos que se limitan a decir lo que la gente quiere escuchar. No hay que ser Séneca para saber que muchos de los discursos políticos que escuchamos hoy en día no son viables.

Nadie es apolítico, todos tenemos una ideología política, que no tiene por qué estar identificada con un partido en concreto, lo curioso es que cuando preguntas a una persona por su ideología, te habla de lo que no le gusta de los partidos, lo que no deja de ser un reflejo de las propias estrategias partidistas, que no cuentan lo que quieren hacer o no dicen aquello en lo que creen, simplemente se dedican a criticar y poner en tela de juicio a los otros partidos; como si estuviésemos asistiendo a un burdo espectáculo.

 

 

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