espaliaswing/ abril 14, 2018/ Sin categoría/ 0 comments

Además de venir el sacerdote designado periódicamente a Las Palmas, existía la obligación de ir al Palmar en Semana Santa y en el Día de la Hispanidad, en la medida en que económicamente se lo pudiesen permitir los feligreses. Mi madre siempre iba en Semana Santa y dos años fue por el Día de la Hispanidad. Tres años fui con ella. Así que puedo contar en primera persona que es lo que ocurría en el interior de la muralla que rodea la basílica.

Pasada la muralla, a mano izquierda estaba la portería, justo en frente se encontraba la basílica y un camino en el lado izquierdo llevaba a una edificación subterránea, con dos habitaciones enormes llenas de literas y dos baños con  varias duchas y aseos, una parte para los hombres y otra para las mujeres.

Recuerdo el olor entre humedad e incienso; dormir en la litera de arriba; y a los niños pequeños llorando porque querían dormir con su madre y no podían, debían ir a con su padre porque no podían estar en la habitación de las mujeres. Se dormía mal por los ruidos y porque era agobiante estar en aquella habitación aunque fuese tan grande. Había un pasillo amplio que acababa en una puerta de acceso a las dependencias privadas de los curas y las monjas.

Detrás de la basílica había dos edificios de la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz, uno para los sacerdotes y otro para las monjas. A los que por supuesto nadie tenía acceso.

Debajo de la basílica, tienen como una especie de catacumbas, en donde entierran a todos los de la Orden, e incluso algún feligrés que ha sido muy generoso con ellos. Cada carmelita que fallece es santificado y de los palmarianos, los más generosos también.

Había turnos de misa desde primera hora de la mañana, a las 12 pontifical (misa dicha por Clemente, que incluía paseo por la basílica con la sillas  gestatorias, o bajo palio), descanso para comer, por la tarde turno de misas y procesión.

Cada turno de misas en tiempo era aproximadamente una hora y media, en lo que el sacerdote celebraba misa, había que estar de rodillas y se rezaba el rosario penitencial, con las letanías lauretanas y las de San José.

La comida, había gente que se acercaba al pueblo para comprar y hacer su comida, y otros le pagaban a los grupos de alemanes para comer con ellos. La verdad es que venían muy organizados, se traían hasta cocinero.

En cuanto al pontifical, era una adoración a Clemente. En alguna ocasión se suponía que tenía una aparición de la Virgen, toda una experiencia. Recuerdo un día que después de santificar a Franco, se cantó el “Cara al sol” al acabar.

Indiscutiblemente, Clemente era una persona carismática y que interpretaba su papel a la perfección. Siempre un paso detrás de él Manuel Alonso y al que llamaban padre Elías, no me acuerdo de su nombre pero era el tercero  del grupo de mando.

Para mi que era una niña, todo era nuevo. Pero para las personas como mi madre era permanecer en lo mismo, con algún cambio, pero tendente a la radicalización, por eso suponían cambios positivos. Así que es normal, que las personas a las que captaron los de esta secta, eran en general, personas de clase social media alta, con carencias emocionales, inseguros, muchos de ellos cargos políticos y militares para los que el Opus Dei no conservaba la pureza de la iglesia.

Durante toda la vida, fui cuestionada, criticada y no sé cuántas cosas más por los curas que hablaban con mi madre, por supuesto que  era fácil conseguir que viese en mi todos los pecados habidos y por haber. Aún así, tuve la capacidad de tener una relación cordial con ella por momentos.

Con el paso de los años, las normas y limitaciones eran mayores. Y vi venir lo que sucedió, así que tuve una conversación con mi madre, en la que le dije que si llegaba el momento en el que le prohibiesen hablar conmigo, que sabía la decisión que iba a tomar, que me ponía en su lugar y que no la juzgaría por ello. Es más, le comenté que aún así le llevaría a los niños para que los viese de vez en cuando, pero con una condición, que nunca les hablase del Palmar.

A los dos días, mi padre me llamó para decirme que no podía ir más a su casa, porque a mi madre le había prohibido hablar conmigo y con mis hijos, pero que él no tenía nada que ver con eso. Le dije que le recordase a mi madre la última conversación que había tenido con ella y que para mantener la relación con él se me ocurría que sábado o domingo podía ir a buscarlo por la mañana y que  se pasara el día en mi casa.

Fue más complicado, hablar con mis hijos. Ellos ya sabían que su abuela estaba en una secta, así que les expliqué lo que había pasado y llegamos a la conclusión de que le deseábamos lo mejor pero que ya no formaba parte de nuestra vida. Una conversación muy dura, en la que logré que mis chicos no se sintieran abandonados por su abuela, también es cierto que la relación que tenían con ella no era la normal entre abuela y nietos. Así que lo asumimos y seguimos adelante con nuestras vidas.

Esta situación duró seis años y medio. Y a pesar de que ni nos vimos ni hablamos en todo ese tiempo, los del palmar seguían hablándole horrores de mi.  Y comenzaron a instigarla contra mi padre, ya estaba cerca de los 80 años y tenían que separarla también de él.

Te voy a contar un poco más del Palmar de Troya (y de cualquier secta en general, porque todas tienen el mismo modus operandi) y el efecto que produce en las personas y las familias, aunque ya te habrás hecho una idea. Sobre todo porque puede ser que conozcas a alguien que esté cercano a alguna secta.

Aunque no soy una persona especializada en sectas, creo firmemente que la experiencia de alguien que lo ha vivido en primera persona, puede ser útil para las familias y el entorno general de alguien que haya caído en una de ellas, esté o no catalogada como tal. Sobre todo porque hay una serie de comportamientos  que son comunes en las personas que se ven atrapados por gentuza como los del Palmar.

Lo primero que se proponen es conseguir que la persona se sienta comprendida como con ningún otro grupo, esto lo consiguen avivando los miedos, temores y carencias de las personas.

Una vez han captado su atención y su confianza, comienza la segunda etapa, con diferentes argumentos comienzan a separarlos de su entorno, primero por grupos sociales (en el caso del Palmar, lo primero que prohibieron fue asistir a la iglesia católica y hablar con personas vinculadas a ella, curas, monjas, grupos  de oración, catequistas…), después de los amigos con el argumento de que si no se unen al grupo están en contra, aunque generalmente son los amigos los que deciden separase porque con el apostolado (querer convencer de que el grupo en el que están es el único válido) cuando encuentran una negativa comienzan a tratarlos de mala forma, y por último de la familia, en este caso, bien porque los convencen de que están en su contra, bien porque si mantienen contacto con los familiares que no son de la secta estarán en pecado o habrán cometido una falta grave.

A estas alturas, las personas ya han dejado de tener pensamientos  propios, para pasar a pensar lo que le dicen, por lo que es mucho más fácil controlarlas y dominarlas, haciendo de ellas lo que quieren.

Es entonces cuando organizan todo para quedarse con su patrimonio. En  el caso de El Palmar, lo primero que hacían era proponerles hacer un pequeño cambio en su testamento, añadiendo que eran católicos, apostólicos palmarianos, lo que garantizaba un reconocimiento de su profesión religiosa. Así llegado el momento, de desprenderse de todo lo que no era necesario para alcanzar la gloria del cielo, hacían que les donasen todo su patrimonio e incluso que hipotecasen sus bienes para darles dinero, del que siempre tenían falta por cierto.

En la convivencia, las personas que están en una secta, intentan que las normas que tienen, sean acatadas por el resto de su familia. En mi caso me las comí todas crudas y sin guarnición, porque la que estaba en la secta era mi madre.

Mi padre nunca fue palmariano, como ya te he dicho, pero tenía una relación cordial con ellos, incluso se sentía orgulloso de que lo dejaban entrar en  la basílica cada vez que quisiera. Decía que respetaba sus creencias, pero la  mayor parte de las veces que aparecía una nueva norma, la frase de mi padre era “con tal de no oír a tu madre”. Aunque es cierto que con algunas de las normas estaba de acuerdo, porque él no aprobaba la modernización de la Iglesia.

Cuando aparecía una nueva norma de obligado cumplimiento, siempre pasaba lo mismo, norma cada vez más limitante, que era introducida en la vida cotidiana por mi madre poco a poco, cuando mi padre se daba cuenta, bronca a gritos, portazos y puñetazos sobre la mesa, porque su vida no la iba a gobernar el Palmar, mi madre que aguantaba el chaparrón, dejaba de hablarle varios días y mi padre claudicaba. En esos días de silencio de mi madre, yo en medio como los jueves, mi padre despotricando del Palmar, quejándose porque le habían destrozado la vida. Y mi madre pidiéndome ayuda para calmar a mi padre y hacerle entender. Así desde que tenía 9 años.

El final de la vida de mi madre, gracias en gran parte a estos sinvergüenzas, fue un horror, sufría muchísimo porque había visto al demonio que le había enseñado que iba a ir al infierno porque no había acatado la última norma que le impusieron; tenía días de no querer comer o beber agua porque el demonio se la envenenaba, sentimiento de culpa, miedo….y un cuadro psiquiátrico completo, que en muchas ocasiones ni siquiera con la medicación estaba del todo controlado.

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